2 de septiembre de 2016

                                       EL LIBRO DE FÁBRICA (II)

      Además del producto de la venta de borregos, lana fina, trigo, avena, habas, garbanzos o aceite que servía para el sostenimiento de la Fábrica, como recogen los Libros de Cuentas que se conservan en el Archivo Histórico Municipal de Puebla de la Calzada, otros ingresos llegaban por otros medios. Unos, propios de aquellos tiempos y cuyos orígenes se remontaban a la Edad Media, y otros, más ásperos, aunque al mismo tiempo, por naturaleza, más reales y perdurables.
     El medio de financiación que hasta el siglo XVIII, desde allende la Edad Media,  fue una importante fuente de ingresos para instituciones como cofradías, hospitales, y parroquias, eran los censos. Comenzaba a desvanecerse su incidencia e importancia parecer, mediado el siglo XIX, víctimas de muchas causas y razones, entre otras, porque su esencia comenzaba a ser propiedad de prestamistas y bancos.
      El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, define Censo como “Cierta carga (impuesto o tributo)”, y como “Contrato por el cual se sujeta un inmueble al pago de un canon, como interés perpetuo de un capital recibido o como reconocimiento de la propiedad cedida”. En resumen, los censos eran prácticamente un contrato hipotecario
     En el libro de Fábrica de 1834, la segunda partida que recoge los ingresos de aquel año detalla “34 reales y 10 maravedís, que se han cobrado de réditos de los censos que a su favor tiene esta fábrica”, citando además el nombre de los “pagadores”. Lo que no siempre era común, y no todos los años, se producían los beneficios esperados como se recoge en el libro de 1835 cuando dice que no existen “estos réditos porque no se ha cobrado ninguno
      Pero parece que el año 1833 fue más rentable, con los “Mil trescientos veinte y ocho reales y 4 maravedís que por réditos de censos atrasados y corrientes se han cobrado de los sujetos que a continuación se expresan” Entre otros, en una relación de 12 nombres encontramos a “Alonso Romo, atrasos y año de esta cuenta, 116 reales”, “Juan Pérez, atrasos y año de esta cuenta, 195 reales y 26 maravedís” o “Manuel Cardenal, atrasos y año de esta cuenta, 9 reales y 14 maravedís
     Y aunque una de las condiciones de los censos era que si el censatario dejaba de pagar, el censualista podía exigir el pago total de la deuda o quedarse con el bien que gravaba el censo, no siempre era ejecutable el derecho adquirido por el impago. En el libro de Cuentas de 1834, figura la siguiente “Observación: En la lista de resultas de censo que acompaña a esta cuenta, se notará que no está comprendida…., deudora de 2261 reales y 14 maravedíes por el que se había impuesto sobre las casas de su propiedad sitas en la calle Calzada. La poseedora murió sin otros bienes con que atender a este descubierto más que el edificio casi del todo arruinado, razón por que no se solicitaba por morador alguno. En este estado se pretendió el solar por Don…… , y como la Fábrica carecía de escritura de imposición y de todo documento que compruebe pertenecerle tal censo, de lo cual se apoyaron los anteriores poseedores para resistir el pago, convinieron los señores Alcaldes, con anuencia del Párroco y Mayordomo, en que se le concediese para que con plena libertad y sin gravamen alguno, edificase una casa donde vivir su familia, según lo ha hecho.
RECIBO PAGO AL MONAGUILLO - AÑO 1837 (A.H.M. P. CALZADA)

      No faltan otros medios de ingresos que, a la postre, resultan extraña y cotidianamente ciertos, inexcusables y reales como la misma cotidianeidad que los ataviaba y aún hoy los adorna. En 1834, se recoge el ingreso por “casamientos, falla de adultos, párvulos, misas de honras y votivas en el año de esta cuenta, 1098 reales”. En 1833, por aquellos mismos conceptos, se contabilizan ingresos por valor de 633 reales. Y en 1835, fueron 784 los reales cobrados “que han producido en el año de la cuenta los bautismos, casamientos, fallas de adultos, párvulos, misas de honras y votivas
     Posiblemente con alegría se contribuía a la Fábrica por los bautizos, de los que  tenemos detalles de los beneficios que produjeron en aquel tiempo. En 1838 se bautizaron 84 criaturas que supusieron, 168 reales. En 1839 “ochenta bautizos, 160 reales” y en 1840 fueron 102 las criaturas bautizadas que supusieron un total de 204 reales para las arcas de la Fábrica. Todo ello nos permite conocer que eran 2 reales los que se pagaban por un bautizo.
     Y al otro lado, los casamientos. No sabemos cuántos se celebraron en 1838, pero sí sabemos que aquel año “por los casamientos celebrados en casa y en la iglesia” se ingresaron 50 reales; en 1839 se produjeron menos casamientos porque fueron 32 reales los ingresos por dicho concepto, y en 1840 aún fueron menos los celebrados porque solo se ingresaron 24 reales.
     Vistos en el espejo frío del detalle y el guarismo, otros ingresos, su causa, tiñen de un cierto tono ceniza aquellas cuentas sencillas y, a veces, cargadas de enmiendas y tachaduras que, solo en ocasiones, alguien se paraba a salvar como corresponde.
       El Libro del año 1841, recoge las cuentas del colector, Francisco Casimiro Carrasco, “presbítero, como colector que ha sido en los años,  1838, 839 y 840, de los derechos correspondientes a la Fábrica de la Iglesia que he percibido como tal por los Entierros, Casamientos y Bautismos” con una casi exquisita profusión de detalles en cuanto a ingresos, pagos y cobros pendientes.
      Del año 1838, la primera partida recoge los ingresos por “entierros de adultos, 448 reales a que ascienden los celebrados sin misa, con una y con dos”; en 1839 fueron “336 reales a que ascienden los celebrados en dicho año con tres misas, con dos, con una y sin ella”, y en 1840, “370 reales que por el mismo concepto han producido los entierros” Pero además, en 1839 se registraron “25 reales de cinco entierros de párvulos”, en 1839, “igual cantidad por el propio concepto” y en 1840, “15 reales que por el mismo concepto han correspondido en el año que se anota
    Otra vía de ingresos  eran las testamentarías. Mediante las que los finados legaban bienes o dinero a la iglesia, aunque no siempre aquellos deseos llegaban a buen fin. Como se detalla en 1834, cuando con el epígrafe de “Deuda” se reflejan “170 reales que debe la testamentaría del Presbítero Don Gómez Hernández Bejarano” Y otros “486 reales y 24 maravedís que igualmente adeuda a la Fábrica la Testamentaria de Miguel Rastrollo
      No por triste, resulta menos real comprobar, como también se reflejan con casi una exacta profusión de detalles, las deudas generadas por “los entierros que no se han cobrado”.
      Lo que, a pesar de todo, nos permite saber que los derechos de entierro de adultos se cifraban en 10, 20, 32 y hasta 72 reales, hemos de creer que en función del tipo de sepelio (con tres misas, dos, una y sin ella). Posiblemente la misma razón era la que fijaba los derechos de entierro de “párvulos” en 2 y 5 reales, de los que si en 1838 fueron dos “los impagos” en 1839 se reflejan 9 párvulos cuyo enterramiento se refleja como impagado.
      En definitiva, la propia vida respira en los trazos ocres y apagados del libro de Fábrica; la vida que un día, ya desdibujado tras el velo del tiempo y perdido en la callada voz del recuerdo. Y aunque la muerte  no entiende de riqueza ni pobreza, tal vez buena parte de aquellos impagos, y otros muchos, reflejados en los distintos libros de Fábrica de aquel tiempo se debieran a gente que además de perder a sus seres queridos, no tenían ni dos reales para pagar al barquero el tránsito hasta la otra orilla de su hijo.


4 de agosto de 2016


                                                    EL LIBRO DE FABRICA

    Se quiere datar el nacimiento de hermandades y cofradías, como asociaciones destinadas a fines benéficos o dedicadas al culto público, entre los siglos XIV y XV, aunque experimentarían un importante auge en los siglos XVI y sobre todo en el XVII. Al frente de ellas, siempre hubo un mayordomo, o encargado de administrar sus ingresos y gastos.
     El Libro de Visitas de la Orden de Santiago, nos da a conocer que en 1604 existían, cuando menos, en Puebla de la Calzada las cofradías de Santiago, Santo Toribio, del Hospital y de los Mártires, y sus mayordomos presentaban el detalle de apenas unos reales que ingresaban y unos pocos más que gastaban o invertían en mantener una exigua hacienda de parvos bienes materiales. Tal vez se viniera produciendo con anterioridad pero por la falta de documentación, es en 1769 cuando encontramos el nombramiento de mayordomo de “Ntra. Sra. de la Encarnación, titular de la Iglesia Parroquial”, y también de “la Fábrica de la única Iglesia Parroquial de esta villa


     Es propio asociar el término fábrica, con industria, taller, factoría, obra o inmueble, pero el Diccionario de la Real Academia Española dice que, en las iglesias,  fábrica es la “renta que se cobraba para repararlas y costear el culto divino”, y también “fondo que solía haber en las iglesias para este fin”. Así, el libro de la fábrica de la iglesia, recoge los recursos, y su movimiento, destinados a proveer todo lo necesario para el culto y el mantenimiento del edificio.  

     Aquellos fondos, la fábrica, eran el resultado de las aportaciones recibidas, entre otras, por un buen número de funciones, cotidianas y extraordinarias, que necesariamente habían de converger en la iglesia como propias. Y de las que se encargaba el sacristán. Teniendo  en cuenta que el sacristán podía ser laico o religioso, era en este último caso cuando ejercía también de colector, “eclesiástico a cuyo cargo está recibir las limosnas de las misas”. Que también el colector debía rendir cuenta de los productos que manejaba y de sus rendimientos por el buen uso de los mismos y su buena administración.
       Se han perdido los libros de cuentas del resto de cofradías, salvo los del Santo Hospital de Pobres desde 1640, y apenas los datos de unos pocos años han llegado hasta nosotros del libro de fábrica de Puebla de la Calzada, que se conservan en el Archivo Histórico Municipal. A su pesar, nos dan una idea clara, teñida de la dificultad de aquellos tiempos, de la situación que atravesaba.
        El libro de fábrica de Puebla de la Calzada del año 1834 recoge entre sus fuentes de ingresos “130 reales de 13 borregos vendidos a 10 reales cada uno” además de “503 reales y 17 maravedís, valor de nueve @ y media de lana fina vendida cada una a 53 reales” y los “34 reales y 10 maravedís que ha cobrado de réditos de los que a su favor tiene esta fábrica” y otros “440 reales que aparecen en poder de D. Francisco Casimiro Carrasco, procedentes de la colecturía del año de 32”. En 1835 se recogen “416 reales, valor de 26 borregos vendidos a 16 reales cada uno” además de “660 reales a que asciende el valor de 60 fanegas de cebada que se han vendido a once reales cada una”, o los “125 reales valor de dos fanegas y seis celemines de garbanzos que se vendieron a 50 reales fanega
     No daba aquella economía para demasiados ingresos que, en contrapartida, debían financiar los pagos necesarios y casi obligados.

     Entre los pagos de 1834 figuran “200 reales pagados al Sr. Cura por su asignación, 195 reales pagados a D. Francisco Casimiro Carrasco por sus derechos de tal”, los “220 reales al organista Diego Fernández Zarrabeitia, en ausencia de su hijo Antonio, por su asignación anual” o los “360 reales que les están asignados, pagados a los monaguillos que sirven en la parroquia

       Que corresponden al año completo de dos monaguillos, como se desprende de los recibos de pago extendidos por el mayordomo en Abril de 1837 a “Francisco Cacho, Monaguillo de la misma la cantidad de 15 reales por el mes de la fecha” y también a “Juan Antonio Lemos, monaguillo de la misma” se le pagaron “treinta reales que le corresponden por los meses…” Este recibo, firmado el 3 de octubre, dice que corresponden a los meses de octubre próximo y noviembre presente”.


      Existen también en aquel año el pago de “364 reales para la compra de seis @ de aceite, asignadas anualmente a la lámpara del Santísimo” o los “160 reales por el vino consumido en la celebración de Misas en todo el año”. Se pagó también al carpintero “por la construcción y madera de un “marco para la ventana de la Capilla del Rosario, compostura de dos facistores y hechura con madera de una mesa de tres varas con dos cajones, tiradores, fechaduras y llaves para la sacristía”, y al latonero, al que se le pagaron 165 realespor la hechura de una ventana de cristales para la capilla del Rosario, componer sus cuatro faroles y el del óleo”; o los 300 reales pagados al albañil por “un jornal y el de un peón, correspondiente a veinte días que invirtió en componer la capilla de la iglesia y enladrillar la sacristía”. Además de los 30 reales que se pagaron “al fabricante de ladrillos, valor de 600 que se le compraron para solar la sacristía” o los 240 reales pagados a “la Lavandera, Costurera y Planchadora por asistir la ropa de la Parroquia

     En 1835, entre otros, se reflejan 200 reales para “reedificar un pedazo de la casilla de la Iglesia, que estaba arruinado y en el día se encuentra abilitado” [sic], 152 reales “por refregar, sacudir y asear toda la parroquia con renovación de pintura en la cenefa que rodea toda su circunferencia interior”, 85 reales “por valor de un ule para el altar mayor” [sic] o los 10 reales “pagados al amanuense que formo las listas de cobranza de censos y rentas”.

      En 1838, los gastos más importantes se hicieron en pagar 339 reales “por las 6 @ de aceite asignadas a la lámpara del Santísimo”,  comprar “4 docenas de escobas, 13 varas de encajes, 4 ropones, tafetán para la banda, 10 libras de jabón para el aseo de la ropa, 2 cargas de picón, un ysopo de metal” [sic], en la “compostura de llaves de la Iglesia” y en “obras en la sacristía, con materiales”. El citado Francisco Casimiro Carrasco, firma el 28 de diciembre de aquel año, un recibo “como Sacristán de esta Iglesia Parroquial, recibí del Mayordomo de Fábrica la cantidad de 168 R.V. que como tal sacristán se me tienen asignados


      Llama especialmente la atención, el capítulo de ingresos reflejados de aquellos años y sus detalles, así como el de deudas, principalmente referidas a aquellos actos y ceremonias que, habiendo generando unos ingresos, habían resultado impagados. 

13 de julio de 2015


LEAL, HONRADEZ  Y  ENTREGA

       Si todo lo que suena a historia, no lo es, y además de la historia oficial hay otras que no se cuentan, los héroes de plantilla no son los únicos del devenir legítimo de los tiempos, porque hay otros héroes que tal vez nunca tuvieron intención de convertirse en ninguna otra cosa que lo que eran, hombres y mujeres que cumplieron con el papel que les había tocado, haciéndolo como tenían que hacerlo, desde la honradez y la mejor de las voluntades. Casi todos los auténticos héroes, habitan velados en las historias sencillas, aquellas de las que de su propia simpleza nace su dificultad.

    Héroes desconocidos, o casi, cuya impronta adorna el túnel del tiempo bajo el espeso barniz con que la historia trasviste las vidas humildes. Hombres y mujeres que son parte de nuestro pasado aunque desconozcamos sus rostros y sus nombres, que a menudo no sobrepasan el ocre sucio del papel, y que estando al servicio de los demás, cumplieron su obligación con la honradez que cabría suponerles para convertirse en piezas necesarios del tejido social que defendieron hasta más allá de su responsabilidad.

    El 10 mayo 1832 desaparecía un hombre que, vistos los muchos testimonios que de su entrega permanecen suspendidos en los hilos del tiempos, estuvo siempre en donde debía y, parece, haciendo bien su trabajo al servicio de la villa.
    Desde la lejanía del tiempo y el desafecto de la distancia, no parece imprudente asegurar que Manuel Leal Vita, hizo gala de una ingente capacidad para el trabajo, que a lo largo de su vida, adornó de una inquebrantable honradez y una profusa generosidad y sencillez, lo que lo convierten en mucho más que el escribano que durante cuarenta y dos años administró desde el conocimiento y la capacidad, los asuntos, no siempre fáciles, y el destino de Puebla de la Calzada.

    Toma posesión el 16 abril 1790, en cuyas capitulares se hace constar que “hallándose en esta villa Dn Manuel Leal Vita, Escribano Real nombrado por su Excelencia el Señor Conde de este estado para escribano de este Ayuntamiento y teniendo en consideración la suma falta que está haciendo para evacuar el cumulo de asumptos y ordenes detenidos, mandaron de común acuerdo se le de posesión de zitado oficio con entrega instantáneamente de todas las ordenes, instrumentos y papeles a él concernientes, para cuio fin se haga comparecer, y habiéndose efectuado en prueba de zitada posesión, habiendo pasado al despacho del antecesor Josef Pérez, Difunto, en donde se hallaban dichos documentos y efectos de dicha escribanía, custodiados con llave…  referido señor Alcalde de primer voto le entrego los principales asumptos, quedando solo en su oficio… [Sic]   

"Estado que manifiesta el movimiento de onzas de Aceite suministradas a las tropas en el año de 1810" .-  
Documento de 1810.- Archivos Municipales

    El primer gran trance que enfrenta, es la llamada Desamortización de Godoy. Hubo que expropiar muchas fanegas de muchas suertes de tierra y algunas casas pertenecientes a Cofradías, Patronatos, Obras Pías y Patronatos de Legos. Valorar, tasar, publicar, hasta tres veces, subastar, adjudicar y liquidar, tramitando aquel proceso en forma y fondo de Ley. Muchos expedientes necesarios, con multitud de folios obligados por cada uno de ellos que dieron lugar a muchas diligencias. Y en cada diligencia, en cada anotación de cada incidencia, publicación, subasta o remate, su firma, “Ante mí”, dando fe del hecho.  

    Con la invasión francesa, se convierte en la piedra angular de la gestión y control de la vorágine militar de uno y otro bando. Durante cinco años, (1809-1814), Manuel Leal Vita controla y distribuye los recursos propios, registra productos, raciones, entregas, recibos, existencias, lo que no se cobra, lo que se presta, a quien se da, a donde se lleva, o lo que se devuelve, puntualizado por calle, vecinos, año y peculios; cuantifica hasta el maravedí lo suministrado, por especie, mes y ejército o fuerza a quien se abastece. Y no fueron pocas las fuerzas que marchando o acampando en la zona, fueron avitualladas ya con trigo, con cebada, aceite, pan, vino, carne, leña o garbanzos.
    Su trabajo, la eficiencia de su trabajo a pesar de las dificultades que podemos suponerle al tiempo y la situación, nos permite hoy evaluar el costo que significó para Puebla de la Calzada aquella Guerra de la Independencia, separado por vecino y calle, de cada fanega de trigo que salió del Pósito, o por el alojamiento de soldados y oficiales. 

    En 1824, es expedientado junto al alcalde y los dos regidores, constitucionales, cuando el felón Fernando VII llevado de su furor absolutista, ordena la reposición de los cargos de Ayuntamiento existentes antes del Trienio Liberal. Seguido el proceso correspondiente, como “en el Secretario concurre la circunstancia de tener sesenta y cuatro años de edad, haber desempeñado este cargo por tiempo de treinta y cuatro años sin haber experimentado el menor apercibimiento por las autoridades y pronto siempre a sostener la tranquilidad pública…” es repuesto en su cargo con todos los predicamentos. No debía haber sido de otra manera.

     Cuando en 1827, el Alcalde Mayor de Montijo intenta injerir en la jurisdicción de Puebla de la Calzada, Leal Vita defiende el derecho del concejo poblanchino a elegir a sus Justicias por el privilegio de villazgo que se le otorgó en 1580, acudiendo a la propia casa Condal solicitando la documentación, que no tenía nuestro archivo “por las repetidas invasiones en que fueron destrozados”. Muestra, orgulloso, aquella carta de privilegio, y el Alcalde Mayor hubo de olvidar su pretensión.
   
      El 28 marzo 1828, Leal Vita declara que estando acreditado ser doscientos cuarenta y siete años cumplidos los que disfruta este pueblo del derecho de villazgo… y el día 31, insiste y aunque “algún tiempo hayan conocido con los Alcaldes Ordinarios en los negocios civiles y criminales de esta villa, los Mayores de la del Montijo, no así debe suceder en adelante porque ni el Real Titulo del Sr. Alcalde Mayor actual del Montijo le confiere esta Jurisdicción ni ella se puede combinar con el espíritu de la referida Real Orden dirigida a conservar los privilegios de villazgo concedido a los pueblos que lo disfrutan y a evitar a sus vecinos los perjuicios gravísimos que son consiguientes a que conozcan de sus causas y pleitos los Jueces que no residan en ellos como el referido Sr. Alcalde Mayor que reside en la villa del Montijo y no en esta…”
 
      Además de que debe tener su residencia fija en la villa del Montijo en donde únicamente ejerce la Real Jurisdicción por carecer de Alcalde Ordinario… debiendo conocer exclusivamente de todos los negocios de esta villa sus Alcaldes Ordinarios, los actuales deben continuar sin necesidad de nueva elección desempeñando la Jurisdicción Ordinaria… pasando oficio al citado Sr. Alcalde Mayor para que le conste lo determinado por esta corporación, en el desempeño de sus deberes…

     Manuel Leal Vita firma con letra trémula, moribunda, su último documento el 8 de mayo de 1832. El día 11, “los señores que componen el ayuntamiento dijeron que el Escribano Real numerario y de esta Corporación don Manuel Leal Vita á fallecido en el día de ayer quedando pendiente varios informes de urgencia…” [sic]

     Sus “pequeñas gestas”, sus “pequeñas grandezas” y sus “pequeñas significativas decisiones”, lo hacen acreedor del mayor reconocimiento y recuerdo, que hasta el momento se le niega victima de la ignorancia.
    Su honradez, su capacidad y su entrega, le otorgan el derecho a ser inscrito en el invisible libro de los héroes anónimos, los que sin conquistas ni batallas y por el módico precio de la postrer ignorancia y el inmortal desconocimiento, quisieron y supieron mantener, potenciar y avivar el fuego del día a día de un pueblo, en un tiempo en el que la historia, caprichosa, juguetona y hasta cruel a veces, quiso gastarle un pesada broma y apagar las luces de su escenario.

5 de abril de 2015

EL ARCANO DE SANTO TORIBIO


     Posiblemente hace bien la historia ocultando algunos de sus hilos para que no dejemos, al menos de cuando en cuando, de mirarla desde nuestra ignorancia y preguntarnos por el momento, la circunstancia, los por qué. Quizás sea bueno que en medio de la clarividencia de nuestro tiempo, fugaz y precipitado, la historia siga manteniendo, de manera tan sutil a veces, parte de su ser y su esencia revestidos de arcano, de incógnita, de misterio. Oculto.
Inventario de Bienes (1799) AAMM.- P. Calzada
   Así, por las razones que fueran, la inquieta historia tan casquivana como filosófica y profunda, ha querido no solo que nuestros orígenes permanezcan difusos entre el quizás y el es posible, sino que también nos ha dejado, en el discurrir de los siglos y las luces, suspendida de un entramado de opiniones y sentencias, la ermita de Santo Toribio, ese lugar que todos conocemos por el nombre y que ninguno conseguimos ubicar a ciencia cierta por más que nos empecinemos en querer verla, distraída en formas y volúmenes de parecida semejanza a los que imaginamos debió tener en su día.
    Con mayor o menor interés, hemos conocido que en el siglo XVII, en Puebla de la Calzada existían, aunque durante un tiempo ciertamente no demasiado extenso, tres ermitas, de las advocaciones de los Santos Mártires, Santiago y Santo Toribio; tres puntos vivos de la fe y las manifestaciones religiosas de su gente.
     Y aunque la ermita de los Santos Mártires venció al tiempo y las circunstancias para permanecer, reformada y reedificada hasta nuestros días, las de Santiago y Santo Toribio, por unas causas u otras entre las que no podemos olvidar las carencias económicas, fueron convirtiéndose en sombras de su propio crepúsculo hasta el ocaso, ya en el siglo XVIII. Primero fue la de Santiago, que pereció a pesar de que todo parece indicar que fue la primera advocación que tuvieran tanto el primer paraje orillas del Guadiana, como la aldea nacida al amparo de la Orden de Santiago, luego villa de Puebla de la Calzada. Y cuya ubicación, ya orillas del rio o a poniente de la villa, no despierta interés alguno, y razones habrá que se disipan en las brumas del desconocimiento.
     Sabemos de ellas por el Libro de Visitas de la Orden de Santiago. En 1604 nos dice que la de los Mártires, “está començada a hacer y sacados los cimientos” y de la de Santiago, “la qual es un cuerpo de piedra y tapias y votaretes de ladrillo, tiene un portal delante de la puerta que esta al mediodía, de cuarto arcos de ladrillo…[sic] nos dice que en su retablo aparece “señor San Tiago armado en blanco con un pendón en la mano de la rienda” y en la parte baja de dicho retablo “en dos tableros de pincel las ymagenes de los vienaventurados mártires san favian y san sevastian…”[sic]
 
   ¿Guardaba la ermita de Santiago los tableros destinados al que sería, o posiblemente llegó a ser, el primitivo retablo de la ermita, en aquel tiempo todavía en construcción, de los Santos Mártires?

    La misma visita menciona la ermita de Santo Toribio que “esta junto a la dicha villa de la puebla…” Pero, ¿Dónde se ubicaba la ermita de Santo Toribio? ¿Cómo era aquella ermita? ¿Cuánto tiempo sobrevivió? ¿Qué fue de ella?
    Un censo de 1705 dice que “al levante, su advocación santo Thorivio, sin rentas”, y Juan Ramos de Solís, párroco en 1798 detalla que “al levante, mui próxima al pueblo… y los visitadores, en 1604, dicen que está “hacia la villa del montixo” Lo que parece situarla al noreste y no al sureste como apuntan algunas opiniones.    
    Los visitadores de la Orden dicen que “es un cuerpo pequeño, las paredes de piedra; tiene un altar en que esta una ymagen del vienaventurado santo torivio, tiene una puerta acia la dicha villa de la puebla con sus puertas de pino y no tiene vienes de que hacer ynventario[sic] Pequeña y sin bienes ni rentas.
   Tras el terremoto de Lisboa de 1755, la ermita quedó inutilizada y maltrecha, arruinada para siempre, como recogen varios testimonios de diferentes épocas en los años siguientes. Aquella información del párroco en 1798, la completa diciendo, “amenazando ruina desde el terremoto del 55 dedicada a Santo Thoribio de Liébana…” Y que amplia en 1799, “la imagen de Santo Thoribio de Liébana que al presente se venera en la hermita de la Virgen de la Concepción por estar amenazando ruina la suya…” [Sic]
     No tuvo nunca, como dijeron los visitadores de Santiago, bienes salvo según nos dice el párroco “goza y posee un pedacito de cercado plantado la mayor parte de viña, el cual está contiguo a la misma ermita de dicho santo. Y el producto de dicho cercado se invierte en culto del santo como es en la función de Iglesia en su día, en vestuario y ornamentos, en aseo y decencia de su altar” Que lo tenía propio, entonces, en la ermita de la Concepción.
    En el inventario que se hace en 1799 de los bienes propios de Cofradías y Obras Pías, en la llamada Desamortización de Godoy, de la de Santo Toribio se dice “a esta imagen le corresponde un zercado como de una fanega plantada de viña contigua a la ermita arruinada de dicho Santo, zercado de ballado, y existente en el Egido ansarero…” [Sic]

    Uno de los primeros bienes que se enajenan, es Santo Toribio. El 10 de mayo 1799 los maestros alarifes Pedro Gragera Mendoza y Alonso Martin Cortesano, “ an efectuado la tasación de una fanega de tierra plantada de Viñas y diez olivos nuevos que constituyen el cercado situado a espalda de dicha ermita arruinada de santo Toribio y cercado de vallado y banda y con toda inclusión lo gradúan y justiprecian en Quatro mil reales de Vellon. [Sic]
    Pero también se quiere hacer rentable el edificio ermita por más arruinado que estuviera. Y mediado el año 1800 un vecino, Cristóbal Bejarano Pozo, se interesa no solo por el “cercado de una fanega plantado de viñas y diez olivos nuevos perteneciente a la Imagen de Santo Toribio que se venera en la ermita de Ntra Señora de Concepción, por estar cuasi arruinada la perteneciente a esta imagen…” sino que esta le acomoda “ejecutarlo en unión al material que compone todo el edificio arruinado…
      Pero, posiblemente, las guerras europeas de finales del XVIII y principios del XIX paralizaron aquel proceso, porque en 1801 el expediente de tasación estaba en suspensopor las varias ocurrencias que á ocasionado el paso y existencias de tropas de acantonamiento…”[sic] El 1 de noviembre, se elige a los alarifes Juan Coca Borba y Juan Zapata para tasar el edificio y el día 2 dijeron que “han reconocido el material que contiene el edificio ermita perteneciente a la Cofradía de Santo Toribio extramuros de esta villa, confinante con la viña que le pertenece y con inclusión de bóveda, paredes, puertas y maderas sin incluir el terreno solar, lo tasan y justiprecian en la cantidad de tres mil cuatrocientos reales de vellón
   Con el precio fijado para la fanega plantada de viña y diez olivos nuevos, y el edificio, se hizo pública mediante edictos, la subasta que había de concluir con la enajenación del bien el día 22 de noviembre de 1801, cuando por los Alcaldes Ordinarios, Juan Fernández Galán y Pedro Guisado Pozo con asistencia de Pedro Mendoza, Síndico General, y Juan Ramos de Solís “cura único de esta parrochial, estando en sus casas consistoriales y habiendo determinado la publicación de la postura, después de ejecutadas varias pujas y mejoras, no habiendo quien diese más, se previno el remate del de mejor condición y lo fue Juan Evaristo Guisado de esta vezindad por el precio de Nueve mil doscientos reales de vellón pagados en moneda metálica por el edificio, material y maderas de la ermita arruinada de Sto. Toribio y su viña confinante sitas en este Egido con los linderos advertidos..” [Sic] El 14 de octubre de 1802, se libra orden para dar posesión “de la finca al comprador, real y efectivamente” que se lleva a cabo, “quieta y pacíficamente, sin contradicción, protesta ni reclama, entrando desde luego a disponer de su mejor cultivo y beneficio…” el día 16 del mismo mes.

    Las noticias sobre la ermita de Santo Toribio se pierden en ese año de 1802, pero existe documentación para permitirnos situarla con una aproximación mayor que la que dan las posibilidades que se barajan; no desaparecen las señales que nos permitan, en algún momento, localizar su ubicación a pesar de la ausencia de vestigios.

     Santo Toribio mantiene un velado arcano que, al socaire de la acaso, coloca sobre sí mismo, a veces, una tenue luz que alumbra el profuso oscuro no solo del desconocimiento con que ha llegado hasta nosotros, sino también el desteñido horizonte del dilema, aceptado siquiera en voz baja, sobre su ubicación, su lugar, y sobre si esta o aquella es un señal de su ayer, ignota señal que nadie o casi nadie ve.

     Un arcano que algún día, ¡ojalá! dejará de ser ese enigma de años que parece querer jugar con quienes miramos el ayer buscando su sombra y no conseguimos ver apenas más que un atisbo escondido en la sombra de la caligrafía gastada de unas letras sonámbulas, casi furtivas, de allende la mitad del siglo XIX.

    ¡Pretérito tiempo añejo y ajeno, refugio perpetuo de lo oculto, no por ignorado menos cierto!